lunes, 24 de enero de 2011

RECONOCER LOS SIGNOS DE VIDA

Es una cuestión de entrenamiento. Quizá estemos un poco oxidados, pero si nos ponemos manos a la obra, igual nos sorprendemos a nosotros mismos, no es tan difícil.
Se trata de cambiarnos de gafas, sí, de las gafas vitales, y empezar a fijarnos y reconocer todo lo positivo, lo bueno y agradable que los demás nos regalan cada día.
En mi tarea educadora, me he dado cuenta a lo largo de los años, que queriendo estimular lo bueno, la excelencia, nos hemos centrado más en señalar lo negativo que debían eliminar los demás, que en lo positivo que ya hacían. Hemos ido desarrollando un sensor especial que detecta a distancia todo lo negativo que acontece a veinticinco metros a la redonda. ¡Y cómo no!, nuestros alumnos más avispados han aprendido por observación esta "estupenda" habilidad de centrarnos en lo negativo... "este profesor viste mal, huele peor, o es un borde,..." 
Es el momento de estimular y reeducar nuestra capacidad de ver la realidad, lo cotidiano, con otra mirada. Una mirada que nos permita disfrutar de lo bueno, por pequeño e insignificante que sea, y así, poco a poco, participar de una cultura del elogio. El reconocimiento sencillo y sincero capaz de ofrecer esa parte positiva que todos tenemos. Elogiar en casa, en el aula, en los pasillos, en el patio, a la pareja, a mis hijos/as, a mi hermano/a de comunidad...
Hay todavía quienes se empeñan en ocultar la realidad de estos signos de bondad, buscando escusas absurdas que resalten lo negativo del vecino. A todos ellos, mi más sentido pésame, por tanta vida a la que deciden dar la espalda.
Hoy solo puedo dar gracias por la sinceridad de Nacho en la entrevista, o la paciencia de Addil por aguantarme, o la sonrisa y cercanía de Pablo y sus amigos antes del ensayo de cantos. Hay mucha vida por hay suelta, ¡no la desperdiciéis! Gracias

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